Mariano Barroso

Los lobos de Washington

Los lobos de Washington

Convencido de que una película de actores hablando en una habitación puede encerrar más violencia que The Last Action Hero, esa de Schwarzenegger, Mariano Barroso no duda en poner en pie, mientras espera la luz verde definitiva para el aplazado rodaje de Kasbah (un proyecto en el que ha estado trabajando a fondo desde que terminó Extasis), otra historia de personajes a la deriva que buscan a ciegas, un poco a la desesperada y con bastante torpeza, una fórmula para salir de la mediocridad en la que viven.

Los lobos de Washington

   El pretexto se lo sirve esta vez un guión original del periodista Juan Cavestany, una historia ajena en la que el director encuentra por primera vez, sin embargo, los elementos suficientes que le permiten hacerla suya y llevarla a su terreno. Convencido de que los personajes del relato y lo que en él se cuentan eran materia que le resultaba particularmente cercana, Barroso se mete a fondo en el guión y se las apaña para realizar, ya con plena madurez, una película que, si dramáticamente parece más sencilla y desnuda que Extasis, lo cierto es que supone una coherente prolongación de ésta.

Los lobos de Washington

     El proyecto comenzó a tomar forma cuando el director le leyó algunos diálogos a Javier Bardem y éste decidió ayudarle a buscar financiación para ponerla en pie. “Decidimos hascer una película de bajo coste, financiada por los dos e implicando a los actores, que sólo podrían cobrar un porcentaje de los beneficios en taquilla”, según el actor, pero el proyecto acabó interesando a dos solventes productoras de la industria que, finalmente, decidieron asumirlo para que el film pudiera rodarse con los medios necesarios

   Con el formato aparente de un thriller urbano protagonizado por un grupo de perdedores que arrastran una existencia gris y que, cegados por el espejismo del dinero fácil y rápido (mediante la expeditiva fórmula de estafarle 20 millones a su antiguo jefe, cuya esposa mantiene relaciones con uno de ellos), emprenden una dudosa aventura que transcurre, toda ella, a lo largo de poco más de un día con una larga y movida noche entre medias. No estamos muy lejos, por lo tanto, del impulso que movía a los protagonistas de Extasis, capaces allí de atracar y de robar a los padres de dos de ellos con la única motivación de conseguir dinero para montar un bar de copas.

Los lobos de Washington

      Perdedores con tanta ambición como torpeza, los protagonistas de este Fargo urbano, nocturno y a la española (película que Mariano Barroso ha tenido más de una vez en la cabeza mientras preparaba la suya, entre otras cosas porque se encargó de dirigir su doblaje) se creen más fuertes y peligrosos de lo que en realidad lo son. La anécdota arguemntal de la estafa no es otra cosa, en este sentido, que un mero soporte para sacar a la luz las miserias y la trastienda, las contradicciones y hasta la fragilidad oculta de estos lobos que se creen feroces porque aúla, pero que, a fuerza de cultivar la agresividad y el cinismo moral, son incapaces de aceptar su propia debilidad.

   Personajes cargados de violencia, porque están llenos de dolor (en definición de Barroso), estos hombres dispuestos a casi todo, porque de alguna forma intuyen que tampoco tienen mucho que perder, conviven dentro de esta historia con dos extranjeros (la esposa ficcional de José Sancho, una antigua prostituta de origen africano, y el personaje interpretado por Alberto San Juan) que acaban por completar la galería de parejas en busca de un lugar al sol, de seres al margen, tan ilusos como fracasados, que persiguen una dignidad que intuyen o de la que hablan, pero que en realidad desconocen.

Los lobos de Washington

  Regresan así al cine del director los temas de la lucha despiadada por éxito, de la obsesión por el dinero, de la traición moral y del precio a pagar por todo ello. De ahí que los Lobos de Washigton aparezca con nitidez como la tercera entrega de una trilogía que, a pesar de no haber sido concebida expresamente como tal, consigue articular con sus imágenes un discurso crítico y reflexivo, nada maniqueo, sobre la cara oculta, más sordida y menos complaciente de una sociedad depredadora.

Los lobos de Washington

    Barroso vuelve a utilizar aquí elementos de género (la delincuencia, la estafa) dentro de una intriga cuya dramaturgia se juega, esencialmente, en el interior de los personajes. Convencido de que “el director está ahí para contar lo que le sucede a un ser humano. Su deber es encontrar las motivaciones del personaje y traducida en imágenes”, encuentra en ese territorio su campo predilecto de investigación, puesto que su concepción del cine (ajena a toda pirotecnia o exhibicionismo visual) le lleva a trabajar intensamente con los actores; en este caso, durante un mes de ensayos previos al rodaje.

      Ajeno a toda concepción unidimensional de los personajes, Barroso sabe que “la persona más violenta puede ser la más débil, y la que más intimida, la más insegura”. Por eso vuelve a concentrarse en el guión y en sus actores (Javier Bardem, José Sancho, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Alberto San Juan, Vicenta Ndongo y María Pujalte) como herramientas básica, como pilares centrales de un edificio dramátiico en el que puede rastrearse cierto parentesco con el teatro de David Mamet (desde American Buffalo hasta Glengarry Glen Ross) y por cuyas rendijas se cuela esta vez, casi de rondón, una ironí que bordea la frontera del humor absurdo.

Los lobos de Washington

         Ironía y punto de vista, sutilmente distanciado, que convierte a estos agresivos, pero infelices y celtibéricos lobos de Washington en protagonistas inconscientes de una aventura irrisoria: un relato lleno de violencia, crueldad, mentiras y traiciones como vehículo narrativo de una ficción que tiene más raices en el cine y en el teatro social americanos que en las tradiciones culturales hispanas. De ahí que Mariano Barroso aparezca, en el panoraman cinematográfico español de la pasada década, como un atípico y solitario lobo estepario, un ejemplar raro y valioso de una especie a proteger.

© Carlos F. Heredero

 

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